Madrugando en la panadería

Todas las mañanas de mi vida, ya viviendo en mi nueva casa de la calle Maipú 1033 de la Ciudad de Azul, recuerdo pasar por una vieja esquina de la cual emanaban aromas delicados a pan y biscochos recién horneados.

Una mañana de invierno decidí salir 30 minutos antes de casa para pasar y golpear la puerta de la cuadra, se le llama así a la cocina de las panaderías.

“Hola, me llama juan y quisiera pasar a ver de qué se trata la panadería” recuerdo que el panadero sonrió y me invito a pasar, hacía mucho calor en esa cuadra y enseguida me comencé a sacar el abrigo, “quieres una factura recién salida del horno” me pregunto el “Colo” el maestro de pala de a panadería, se les llama maestro de pala a los jefes de la cuadra, como en la cocina de un restorán de les llama “chef”.

Sabía que nada era gratis así que me dispuse para la próxima a dar una mano a los muchachos panaderos.

A la mañana siguiente recuerdo que me dormí y no pude pasar por la cuadre, ¡me enoje mucho!! No lo podía creer, era mi ilusión levantarme más temprano para aprender del oficio, aparte me encantaba el sabor de las facturas recién salidas del horno, asta es increíble el ruido que hacen al salir, es como si te hablaran es un crujir indescriptible, y ni que hablar del pan, cuando salen y caen en las canastas de mimbre empiezan a quebrarse su costra y hacen ese ruido tan inconfundible que no se lo puede comparar con otro sonido.

Cuando salí del colegio fui derecho a la casa de mi abuela y le pedí prestado un reloj despertados, era viejo y a cuerda, necesitaba que fuera fuerte y muy ruidoso, no me quería perder otra vez la aventura de cocinar en la cuadra.

Puse la alarma a las 3:30 de la mañana, sonó y como un soldado salte de la cama y me dispuse a salir derecho para la panadería que estaba a pocas cuadras de casa.

Esa mañana el frio intenso había formado hielo en las cunetas de mi barrio, llegando a la cocina el olor del pan recién salido del horno apresuro mis pasos hacia mi aventura, entre casi corriendo para probar las facturas y un grito casi tajante me dijo: “para que!! Esto no es un restorán, si quería comer gratis tienes que ayudar en algo pibito” y si, tenía razón, algo tenía que hacer.

Saca las latas del horno y pinta las facturas con almíbar y espera que se enfríen me dijo el Colo.

Ese fue mi primera colaboración en Los Pinos, nombre que llevaba esta esquina mítica de las calles Colon y Guido Spano.

Así empezaba otra de mis aventuras en la cocina, rumbo a la formación del chef a domicilio, chef Juan Bernardini, porque en realidad nadie estudia y se transforma en chef de un día para el otro, es una carrera de formación constante que nunca acaba.