Historias de cocina

Mi primer trabajo en una cocina: churros y berlinesas en un garaje de Azul

Por Juan Bernardini · chef privado, 30 años de cocina

Un feriado de Semana Santa, con mi familia camino a Mar del Plata, yo caminaba solo hacia un garaje frío en Azul. Ahí un desconocido me preguntó si alguna vez había hecho churros y berlinesas — así empezó todo, sin escuela ni título.

Chef Juan Bernardini cocina piezas de carne junto a la ventana de la cocina

No sé si podré llamarlo mi primer trabajo o mi primera explotación laboral, porque yo era muy adolescente
y la paga en la cocina, casi nula. Pero bueno: en este rubro, y lamentablemente al principio, uno tiene que
pagar “derecho de piso”, como se lo llama en la jerga. Y si bien en la cocina las remuneraciones
son bajas, todo sirve — como decía mi papá: “hijo, lo bueno es que vos en este momento tenés que
dedicarte a capitalizar experiencia, más allá del dinero, aprovechá todo lo que puedas”. Y bueno, así
lo hice toda mi vida, inclusive hasta el día de hoy: todo suma.

Era un fin de semana largo, si mal no recuerdo una Semana Santa, día de mucho frío en Azul. Mientras toda
mi familia se dirigía a Mar del Plata, yo, súper abrigado hasta los dientes, caminaba solo por las calles
frías y solitarias rumbo a un garaje — sí, un garaje, no una cocina.

La puerta del garaje

Después de golpear varias veces me atendió una persona. Quizá yo, en mi ignorancia, esperaba que me
atendiera alguien con apariencia de cocinero, pero no: todo lo contrario. Esta persona, con un cigarrillo en
la mano y aspecto andrajoso, me preguntó: “¿alguna vez cocinaste churros y berlinesas?”.
Obviamente mi respuesta fue que no. Y entonces, de mala gana y sin mucho interés, me dijo: “traé la
balanza y los ingredientes, que te voy a enseñar a preparar estas cosas”. Esa fue mi primer contacto
con la cocina: en un garaje sucio, abandonado, con mi familia lejos, frío, poca plata — pero, por
sobre todas las cosas, mi primera vez. Y eso era lo que más me apasionaba. Todo lo contrario a lo que
algunos pensarían, que extrañaría a mi familia o algo por el estilo: yo estaba feliz. Alguien estaba
confiando en mí para hacer recetas de cocina. Poder hacer algo por la gastronomía era un sueño.

Recuerdo que eran las ocho de la mañana y el frío cortaba la piel, pero todo cambió de repente cuando
prendimos las máquinas: primero las amasadoras para preparar las masas, y luego las freidoras. Con cumbia de
fondo —música que no era de mi agrado— aprendía las técnicas de esas recetas: churros y
berlinesas, mal llamadas “bolas de fraile”.

“Pibe, prestá atención”

“Pibe, prestá atención que no te lo voy a repetir otra vez”, me decía el cocinero, ya entrando
en confianza, con una leve sonrisa apenas dibujada en su rostro. “¿Querés unos mates?”, le
pregunté, y casi me mata. “Cuando terminemos de hacer las masas y las dejemos leudando, recién ahí te
preparás unos amargos, pibe”. Ok, no pregunté más, me dije para adentro.

“¡Bueno, ya está!”, pegó el grito cuando pasaron las tres horas de descanso de la masa.
“Prendé al máximo las freidoras, que te voy a enseñar cómo se hacen las verdaderas bolas de fraile,
nene”.

Qué hermosas palabras: “te voy a enseñar”. Así empecé mi carrera, mucho antes de la chaqueta de chef y de las madrugadas en la panadería Los Pinos. Hoy, contado desde mi
historia como chef, esa mañana en el garaje sigue siendo donde todo empezó.

Juan Bernardini

Juan Bernardini

Chef privado en Buenos Aires · 30 años de cocina

Cocina en vivo en casas, quintas y oficinas, hasta 30 invitados. Apareció en La Nación, Clarín y El Cronista; 5/5 con más de 440 reseñas en Google.

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