Historias de cocina
Mi primera chaqueta de chef: el viaje a Tandil que no podía esperar
Por Juan Bernardini · chef privado, 30 años de cocina
Le prometí profiteroles rellenos de dulce de leche a mi profesora de lengua para poder recibirme, y después viajé con mis padres a Tandil a buscar mi primera chaqueta de chef — la quería antes de necesitarla.

Después de años en la cocina llegó el momento de darle un toque más profesional a mis conocimientos, y de
perfeccionar lo que a lo largo de mi corta vida había aprendido de la mano de mi familia. Esto sería en el
colegio de cocina Santo Tomás de Aquino.
Fue una sorpresa inesperada enterarme de que se dictarían clases de chef profesional en Azul, porque como
dice el dicho popular, “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires” — y esto
también aplicaba a la carrera de cocina. Solo se podía estudiar en el IAG y en el colegio de cocineros Gato
Dumas: eran los únicos dos, y por razones económicas yo no podía viajar de Azul a Capital para cumplir mi
sueño de ser chef.
Primero, terminar la secundaria
Pero antes tenía que suceder lo imposible, al menos para mí: terminar la secundaria. Solo me quedaban dos
años y dos materias previas. Nunca me gustó estudiar, era muy distraído y me gustaba jugar — no era
burro, solo travieso.
Cómo olvidar mi última materia, que rendí en marzo: le supliqué a mi profesora de lengua y literatura que
me aprobara, que le cocinaría profiteroles caseros rellenos de dulce de leche y que se los daría en cuanto
me recibiera. Fue muy cómico, porque recuerdo que me aprobó — y no por la repostería, sino porque di
un examen bastante bueno.
Luego de rendir todas las materias y recibir el título, me inscribí en la carrera de chef internacional
— eso sí, me quedaron dos materias previas. Hice los trámites, papeles y más papeles, eso ya me
aburría: ¡yo quería cocinar!
El viaje a Tandil
Después de tener todo aprobado, nos mandaron a la hermosa ciudad de Tandil a buscar nuestro equipo de
cocinero: chaqueta, gorro y pantalones. De manera desesperada les pedí a mis padres que me llevaran, y
fuimos tan rápido como pudimos — en realidad no había apuro, porque las clases empezaban en tres
meses, pero yo quería mi tan anhelada chaqueta lo antes posible, por más que no la fuera a usar todavía. Esa
prenda representa mucho para un cocinero: es un emblema, un sello de calidad, de pertenencia. Ahora, vos
podés decir que no todo el que la lleva puesta es el mejor chef, y tenés razón: usarla no te transforma en
chef a domicilio, eso se aprende cocinando.
Y llegamos a Tandil. Subí ansioso, corriendo a la tienda en busca de lo que por el momento era
innecesario. ¡El local estaba cerrado y abría a las 17 hs, eran las 12 y yo me quería morir! Como se habrán
dado cuenta, mi ansiedad es muy grande y exagerada.
Volver a Azul no tenía sentido, así que averiguamos por un restaurante abierto y nos dirigimos a él, y
terminamos comiendo en un tenedor libre de pizza — si mal no recuerdo, se llamaba Pizza Pisuela. De
los nervios y la ansiedad que me carcomían, apenas probé dos porciones.
Esa chaqueta, guardada tres meses antes de estrenarla, fue tan parte de mi camino como
chef como aquel garaje frío donde todo había
empezado un par de años antes.
¿Querés que cocine Juan?
Contanos la ocasión, la fecha y cuántos son. Te responde el mismo Juan.
