Historias de cocina

La sopa de mis abuelos: donde empezó todo

Por Juan Bernardini · chef privado, 30 años de cocina

En la casa de mis abuelos maternos, en Azul, todo empezaba con el olor que llegaba desde la cocina de mi abuela Blanche. Ahí, con queso cuartirolo derritiéndose en la sopa, empezó mi cocina.

Chef Juan Bernardini condimentando medallones de ojo de bife en la cocina antes del servicio

Mis primeros cinco años de vida fueron en la casa de mis abuelos maternos. Recuerdo que nuestra casa
estaba adelante y, en el fondo, se sentían los olores deliciosos que avanzaban por el corredor y me llevaban
hacia la cocina de mi abuela. Eran olores indescriptibles, a la vez muy sencillos — pero, como decía
el maestro, es más difícil lograr que platos cotidianos salgan un manjar que una refinada receta francesa.
Esas experiencias fueron la formación de este chef.

Aún permanece en mi memoria olfativa, salíamos corriendo hasta la cocina…

¡En definitiva, ella cocinaba como los dioses! Por las mañanas estábamos en el jardín de infantes de la
Escuela Normal, sobre la calle 25 de Mayo, y al mediodía estábamos con la abu — digo
“estábamos” porque éramos tres hermanos viviendo en la calle Bolívar 550 de Azul. En ocasiones
nos buscaba en la puerta de la escuela; otras, caminábamos hasta su casa, que estaba a dos cuadras —
privilegios de vivir en una ciudad chica. Al entrar, ese olor cautivante del que te hablé permanece aún en
mi memoria olfativa. Salíamos corriendo hasta la cocina, por ese pasillo que entonces parecía interminable y
que ahora es un simple corredor — pero cuando uno es chico, todo se ve gigante.

Nunca le faltaba el apio y zanahoria, el choclo cortadito tan fino…

Y ahí estaba nuestro querido abuelo José, esperándonos con un abrazo fuerte, leyendo sus diarios y
mirando el noticiero. “¿Cómo les fue, pichones?”, preguntaba sin sacar la vista de los
periódicos. La abuela ponía la mesa, nosotros le robábamos el control remoto sin que se diera cuenta y
buscábamos nuestros dibujitos animados — recuerdo que en aquel entonces teníamos pocas opciones:
Heidi, el Zorro y Alf, todos unos genios de la comedia. Y llegaba ese momento tan esperado: ¡la sopa! Era
tan simple, tan rica, tan abundante. Nunca le faltaba el apio y la zanahoria, el choclo cortadito bien fino
y su puerro delicado. También le agregaba Virina, que según la abuela era bueno para fortalecernos —
entonces tomábamos la sopa con más entusiasmo.

Me animaba a probar e incurrir en cuestiones de sabores e ingredientes…

Y acá viene la mejor parte de la historia: la parte donde, ya de chico, me animaba a probar e incurrir en
cuestiones de sabores e ingredientes. Yo le ponía queso cuartirolo en cubos a la sopa y esperaba a que se
fundiera con la temperatura del plato — algo que al abuelo José no le gustaba mucho, pero yo lo hacía
igual. ¡Me encantaba!

Cómo no tomar sopa, con esas recetas de sopa…

Todavía hoy lo sigo haciendo, y muchas personas siguen mis pasos. Y no solo eso: después de años de
trabajar como chef y de estudiar recetas argentinas e internacionales,
descubrí que en Francia tienen muchas recetas de sopa que gratinan queso por encima de un pan tostado, de
manera habitual. Teníamos unos platos soperos hermosos, pero yo siempre quería tomar en el cuenco del
abuelo — una cazuela de barro vieja, percudida, pero que me encantaba. A veces esperaba a que él
terminara para servirme yo; todavía recuerdo el ruido de la cuchara raspando el fondo áspero de aquel plato.
Cómo olvidarlo. Cómo no tomar sopa.

Y esto no era todo: faltaba el plato principal.

Juan Bernardini

Juan Bernardini

Chef privado en Buenos Aires · 30 años de cocina

Cocina en vivo en casas, quintas y oficinas, hasta 30 invitados. Apareció en La Nación, Clarín y El Cronista; 5/5 con más de 440 reseñas en Google.

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