Historias de cocina
Cocinando con mi abuelo Don Jorge: la primera regla que me enseñó
Por Juan Bernardini · chef privado, 30 años de cocina
Los domingos, después del culto, me quedaba con mi abuelo Don Jorge en su casa, detrás del templo. Ahí me enseñó su primera regla: el ajo va siempre después, o si no, se quema.

Recuerdo que una de mis experiencias más primarias en la cocina fue en la casa de mi abuelo paterno, Don
Jorge. Él era pastor en una pequeña iglesia en Azul, y todos los domingos, al terminar el culto, yo lo veía
dirigirse a su casa —que estaba en el fondo del predio del templo— y quedarse solo, porque mi
abuela Norma había fallecido joven.
Él era amante de la cocina, la pesca y, por sobre todo, amaba a Dios
Él era amante de la cocina, de las recetas argentinas, de la pesca y, por sobre todo, amaba a Dios. Y
tenía una gran habilidad con las conservas: tenía de todo, berenjenas en escabeche, pejerrey, mermeladas,
frutas en conserva, de todo.
Aprendí con él de la cocina…
A mí me encantaba quedarme con él los domingos al mediodía. Eran aventuras que nunca voy a olvidar, y ni
que hablar de todo lo que aprendí con él de cocina — es más, algunas de las recetas que me enseñó son
de las que hoy, más de veinticinco años después, sigo haciendo como chef a
domicilio.
Un domingo, lo recuerdo como si fuera ayer, le pedí a mis padres que me dejaran quedarme con el abuelo.
Después de que terminara el culto y de que él despidiera a todos los miembros, nos dirigimos a su humilde
casa, y todavía me parece sentir ese aroma dando vueltas en mi nariz en este mismo instante. “Abuelo,
¿qué es ese olor?”, le pregunté. “Adiviná”, me respondió. Era algo exótico para mí
— nunca antes, ni en mi vida ni en la cocina de mis padres, había sentido ese olor, algo muy difícil
de explicar. Entonces me mostró una olla vieja y arruinada, llena de hongos secos hidratándose a fuego
mínimo. Qué locura: para mí era algo súper novedoso, y a mis siete años, conocer ese producto, más
todavía.
Y cómo se comen, se cocinan y con qué se acompañan eran preguntas que a mi corta edad ya me hacía…
Primero les sacamos toda el agua oscura que tenían, los lavamos y les retiramos toda la arena —que,
a decir verdad, era mucha. Después de esto, recuerdo que en una tabla de madera hundida en el centro de
tanto uso, se dispuso a cortar una cebolla en capas finas y delicadas, y las puso a dorar en aceite, en una
de las tantas ollas Essen que él tenía gracias a mi tía Margarita Bernardini de Martín —también gran
cocinera, y mejor dicho, repostera.
Primero cocinamos bien las cebollas, y luego, recuerdo, fue el turno del ajo — y fue él quien me
enseñó que el ajo va siempre después, o si no, se te quema.
Luego de cocinar un poco más, agregó el tomate perita cortado en cubos, con piel y semillas y todo
— él usaba todo, nada de sacarles la piel ni las semillas. Y cuando el tomate se deshizo, llegaron los
hongos locos. Ese sabor que todavía no había cocido más que su olor y su aroma ahora se disponía a
mezclarse con los demás ingredientes, y yo me preguntaba qué sabor tendría ese plato.
La experiencia de aprender a cocinar con él fue única e inolvidable — una de las tres que, junto a
mi abuela Blanche y mi papá, me hicieron el cocinero que soy hoy. Esa historia completa
la cuento en otra nota, y muchas de esas recetas de familia
terminaron en mi libro de recetas gratuito.
¿Querés que cocine Juan?
Contanos la ocasión, la fecha y cuántos son. Te responde el mismo Juan.
