Historias de cocina
Quién me enseñó a cocinar: las tres personas que me hicieron cocinero
Por Juan Bernardini · chef privado, 30 años de cocina
Mi abuela materna Blanche Jhones de Martins, mi abuelo paterno Don Jorge Bernardini y mi papá Daniel Alberto Bernardini: así se cuenta de dónde viene de verdad mi cocina.

Hola, soy chef y me llamo Juan Ignacio Bernardini. En mi pequeña ciudad de Azul es donde todo comenzó.
Tres personas marcaron mi vida gastronómica: mi abuela materna, Blanche Jhones de Martins; mi abuelo
paterno, Don Jorge Bernardini; y mi padre, Daniel Alberto Bernardini. Voy a tratar de contarles cómo la
cocina de mi familia, no profesional, terminó transformándome en un chef profesional.
Cuando empecé a cocinar, en realidad no lo recuerdo con exactitud, pero de algo sí estoy seguro: era muy
chico. Eran días de lluvia, y obviamente no se podía salir al patio a jugar. Entonces mi abuela Blanche me
decía: “Vení, Juancito, ayudame a preparar estos budines”. Y yo, imposibilitado de hacer mis
desastres y travesuras afuera, me disponía a ayudar a la abu.
La cocina formaría parte de mi vida de alguna u otra forma
No sé con exactitud qué fue lo que cociné por primera vez en mi vida, pero sí supe desde el principio que
la cocina formaría parte de mi vida de alguna u otra forma.
Cuando mi abuela me pedía los ingredientes, yo caminaba desde la cocina-comedor hasta un cuarto adjunto
que también servía de comedor de diario, donde ella tenía, en unos placares grandes, todo lo que uno pudiera
imaginar para preparar los más deliciosos budines y tortas galesas —aunque a decir verdad, esta última
no era la que más preparábamos, porque llevaba varios ingredientes y en mi ciudad chica no era tan fácil
conseguir todo lo necesario.
Recuerdo que en esos viajes en busca de los ingredientes me perdía entre vainas de vainilla encapsuladas
en tubos de vidrio, cortantes de galletitas antiguos, libros de cocina, y moldes de tortas que seguramente
tenían más de cien años. “¡Juany! ¿Qué estás haciendo?”, decía mi abuela con su voz delicada y
dulce, ya sabiendo lo que estaba pasando. “¡Ya voy!”, contestaba yo, mientras borraba cualquier
rastro de chocolate Águila de mi boca.
Yo aprendía a cocinar de la mano de los mejores…
Cuando todos se quejaban de los días nublados, fríos y lluviosos, yo era feliz —y lo sigo siendo.
Además, en esos días era cuando más aprendía a cocinar de la mano de los mejores: sin dejar de nombrar la
enciclopedia gastronómica de mi tía Susana Martins, que también fue responsable de mi formación culinaria,
las revistas Paladar, y —cómo olvidarme de nombrarla— la mejor de todas, Doña Petrona.
Antes de preparar cualquier receta argentina, recuerdo que eran infaltables los tecitos con limón,
preparados en un vaso cervecero pintado a mano. Siempre lo hacíamos así; le llamábamos “el chupe y
pase”, y se tomaba con una bombilla larga, larga.
Es imposible olvidar que mi abuela tenía una memoria muy frágil, o podríamos llamarla distraída.
“¿Tenés algo dulce para acompañar el té?”, le preguntaba yo. “Uuuuyyyy, no tengo
nada”, me decía. Y yo disparaba a las alacenas a hurguetear, y sí: algo siempre encontraba entre los
moldes y las azucareras. “¡Mirá lo que encontré!”, decía yo, contento, con una sonrisa de oreja
a oreja.
Ahora sí, ya estábamos listos para disfrutar de lo más emocionante que me podía pasar en un día gris:
¡cocinar! Esas tardes con mi abuela Blanche —las mismas que después me llevarían a hornear la
que aprendí después, los domingos, en la cocina de mi abuelo
Don Jorge.
¿Querés que cocine Juan?
Contanos la ocasión, la fecha y cuántos son. Te responde el mismo Juan.
